Queralt Figueras (Olesa de Montserrat, 1999) decidió con solo 11 años mudarse a Viena y formarse en la exigente Academia de Ballet de la Ópera de Viena. Tras años dedicándose profesionalmente a la danza, ha dado un paso atrás para dedicarse a los negocios, aunque el ballet sigue ocupando un lugar esencial en su vida. Aunque haya dejado las puntas a un lado, ha encontrado en TikTok un nuevo escenario desde el que contar su paso por la escuela y conectar con una comunidad creciente.
Pregunta: ¿Cómo tomó la decisión de mudarse a otro país a estudiar danza siendo solo una niña?
Respuesta: La primera opción era ir al Institut del Teatre de Barcelona, pero mis padres fueron a las puertas abiertas y no les convenció. Después de preguntarme si yo quería dedicarme profesionalmente al ballet, empezamos a buscar academias en Europa y la que más nos gustó fue Viena. Así que envié unos videos bailando y unas fotos y me invitaron a hacer una audición allí, que fue simplemente hacer 2 días de clase normal. Entonces, la directora nos dijo que no solo querían ofrecerme una plaza, sino también una beca. Y la verdad que no lo pensamos mucho y decidimos que me formaría allí porque era una muy buena oportunidad.
P: ¿Cómo fue el proceso de adaptación y los primeros días allí?
R: Los primeros días fueron duros. Llegamos a Viena toda la familia, aunque después me quedaría sola con mi padre. Hicimos una cena de despedida y creo que no era consciente de que se iban y no los vería en mucho tiempo. Al día siguiente salimos a explorar la ciudad porque la casa se nos venía encima. Y en cuanto al primer día en la academia, no lo recuerdo apenas, pero imagino que sería muy normal, haciendo clases y conociendo a mis compañeras. Aunque al principio no hablaba bien el alemán, no tuve problema en pillar el ritmo de la clase porque en ballet los pasos son en francés, así que pude seguir el ritmo sin mucha dificultad.
P: ¿Cuál era su rutina diaria combinando danza y estudios?
R: Varió mucho según el curso. En la Unterstufe, que fueron los primeros 4 años, era más tranquilo: hacía las clases de instituto por la mañana y de 14 a 19 horas la danza. Después en la Oberstufe fue al revés. Los últimos cursos me levantaba a las 6 porque a las 7 de la mañana tenía que estar en la ópera para calentar. Técnicamente las clases comenzaban a las 8, pero los profesores llegaban media hora antes. Siempre se empezaba con una clase de ballet clásico y de allí ya pasaba a otras asignaturas como puntas, Pas de Deux, contemporáneo, danzas históricas… Con esto no llegaba a hacer todas las horas reglamentarias de instituto y tenía que ir los sábados, aunque también hacía alguna clase online. Al final, te das cuenta que vas a esta escuela para que el ballet sea tu vida y tu carrera y los estudios pasan un poco a segundo plano.

P: ¿En este entorno había espacio para ser una niña?
R: No, pero creo que nunca lo he necesitado. Desde primaria ya era muy competitiva y estaba muy centrada en la danza. En Viena, por supuesto, no había espacio para jugar como se espera en una niña de 11 años. Sí que tenía mis hobbies, como pintar o tocar el piano, pero todo mi tiempo libre estaba enfocado o en estudiar alemán o en cosas relacionadas con el baile como coser puntas o quedar con mis amigas para hacer abdominales y repasar coreografías.
P: A pesar de que fue un periodo duro, ¿volvería a repetirlo?
R: Sin duda. A pesar de que tenía mucha presión psicológica y exigencia física, pasaría otra vez por todo. Aunque hubo momentos muy complicados y que me hicieron replantearme muchas cosas, como cuando los profesores ponían nota a nuestro cuerpo o nos hacían bailar incluso estando exhaustas, lo recuerdo todo con mucho amor. El mundo de la danza es muy competitivo y exigente, pero cuando es tu pasión merece la pena cada lágrima. Al final, tú puedes querer y amar el ballet, pero si el ballet no te ama a ti, no eres nadie.
P: ¿Qué fue lo más bonito que recuerda?
R: Todo, la experiencia que me dio la danza en general. Hacer un arte como es el ballet te aporta muchos valores y disciplina. Y, por supuesto, las amigas que hice, que prácticamente nos convertimos en hermanas por todo lo que vivimos juntas. Supongo que también el sacrificio que hicieron mis padres y mis hermanos. Al final, la familia estuvo 6 años separada por mi culpa, pero creo que el aceptarlo y darme esta oportunidad fue una declaración de amor incondicional hacia mí.
P: ¿Qué lugar ocupa hoy el ballet en su vida?
R: La danza clásica es y siempre será mi vida. Aunque ahora esté más alejada de ese mundo, siempre estoy conectada de alguna manera. Es un entorno muy tóxico, especialmente en el país en el que vivimos porque no se entiende el ballet como el arte único que es. Por eso no me planteo tampoco el abrir una academia, porque la gente tiene la idea de que es una extraescolar cuando en realidad es muchísimo más: es un trabajo y una pasión, que lo mismo te hace llorar como sonreír.
P: Incluso ahora lo muestra en TikTok.
R: Sí. Fue casual. Un día estaba recogiendo unas puntas de casa de mi madre y me puse a grabar de forma natural contando algo. Y así lo vengo haciendo.
P: ¿Qué consejo le daría a alguien que sueña con dedicarse a la danza?
R: Que persiga su sueño y que trabajes mucho. También que sea consciente de que es duro y que hay que ser muy fuerte mentalmente. Para eso, es muy importante rodearse de buenos compañeros y apoyarse mutuamente, porque habrá momentos muy complicados. Es bueno pensar en uno mismo, pero también pensar en los demás. El ballet es una carrera de fondo, que no gana el que va más deprisa ni el que tiene más cualidades, sino el que trabaja más duro.
